Francisco Agüero: primer mártir por la libertad de Cuba

Por Isván Manuel Cano Hidalgo

Sólo una décima, por demás de desconocido autor, fue el tributo póstumo a la memoria de Francisco Agüero y Velazco, Frasquito, y Manuel Andrés Sánchez Pérez:

Pendientes de un vil madero
de Marzo el día dieciséis
de Ochocientos veintiséis
murieron Sánchez y Agüero.
Consternado el pueblo entero
llanto amargo derramó
cuando ejecutado vio
el fallo que dio la Audiencia
en la causa de infidencia
que contra ellos formó.

Por razones obvias, las autoridades españolas silenciaron el hecho, ocultando la connotación revolucionaria a la opinión pública del país y del resto del continente.

Todo comenzó el 20 de enero de 1826, cuando después de una travesía desde Kingston, Jamaica, en la balandra inglesa Marylandia, que poco faltó para que naufragara, dos camagüeyanos — oficiales del ejercito de Colombia —, Frasquito, blanco, y Manuel Andrés, mulato libre, desembarcaron en Sabanalamar, en las proximidades de Santa Cruz del Sur.

Cerca de Puerto Príncipe, en la finca Las Cuabas, los expedicionarios trataron de encender la llama insurrecta, contando con que Bolívar los respaldaría, aunque nunca hubo una promesa del Libertador al respecto.

Delatados más tarde, fueron capturados el 20 de febrero y condenados por la Real Audiencia. Murieron ahorcados en la Plaza Mayor, el 16 de marzo de aquel año.

Frasquito Agüero acababa de cumplir 33 años y su compañero Manuel Andrés Sánchez, sólo 21.

Pero no fue hasta más de un siglo después, cuando el historiador — también camagüeyano — Gustavo Sed Nieves, logró descubrir cuestiones que permanecían ocultas hasta ese momento, y puso así en claro la verdad histórica de aquellos sucesos.

Sed Nieves demostró que sólo Frasquito, y no así Manuel Andrés, era merecedor de la condición de primer mártir por la libertad de Cuba.

El historiador agramontino halló documentos que probaban que Manuel Andrés Sánchez envió una carta a su padrino de bautismo, el regidor Francisco de Borja Agramonte Recio, de cuya lectura se infiere que Sánchez vacilaba y estaba resuelto a claudicar con tal de salvarse.

Aunque no hay evidencia de que Borja Agramonte denunciara a los revolucionarios, el mensaje de su ahijado sí aparece en el expediente de la causa.

La misiva, fechada el 16 de febrero de 1826, y de la cual respetamos su ortografía, expresaba textualmente:

"He expuesto mi vida por livertarla de algunos paisanos, espero no me darán mal pago. Considere V. que soy un infeliz que por avisar a Ustedes he perdido mi bien estar y mi subsistencia. Al oir los siniestros proyectos de unos bárbaros y sabiendo Ustedes esto con anticipación podrán estorbarlos o al menos librarse de sus pesquisas... Yo era de los primeros entusiastas por la livertad, bien que nunca había oido asunto de asecinamientos (cosa que no entraré jamás)... Pero algunos hijos del país tratan de tomar venganza en algunas personas de entidad. Entre ellos D. Ignacio me consta y dos Agramontes más, V. es uno. Por este papel no instruyo a V. sino de los preludios de lo que quiero informar, trate de que hablemos a solas porque en presencia de personas corro riesgo tanto de Govierno como del que he desertado."

Agramonte Recio y su ahijado se entrevistaron esa noche. Cuando Frasquito supo de esta conversación y de la actitud cobarde y traicionera de su compañero, discutió violentamente con él, y ordenó a los esclavos del ingenio San José de Las Cuabas — que pertenecía a un miembro de su familia — que lo capturaran, pero Manuel Andrés logró escapar a los potreros, y allí permaneció hasta que fue detenido por las autoridades coloniales, el 20 de febrero.

Detenido también Frasquito, fueron llevados a Puerto Príncipe, y encerrados en calabozos del cuartel del regimiento de León.

Manuel Andrés entonces solicitó que se le tomara declaración voluntaria, el 22 de febrero. Deseaba informar "cosas interesantes y decir la verdad".

Por otra parte, el letrado defensor de Andrés Sánchez intentó echar toda la culpa a Frasquito Agüero.

Alegaba que

"... por su mayor edad, su astuta perspicacia, su carácter indomable y otras circunstancias agravantes, había tomado tal preponderancia en el ánimo del pobre Andrés, que era sin duda una víctima del otro".

De todas maneras la Real Audiencia de Puerto Príncipe, en sesión pública del 13 de marzo de 1826, declaró culpables del delito de alta traición a los encartados Francisco Agüero y Velazco y Manuel Andrés Sánchez Pérez, condenándolos a pena de muerte por ahorcamiento. Tres días después eran ejecutados.

En esta sentencia salió a relucir el verdadero carácter del Supremo Tribunal, cuyo Real Sello entró en Puerto Príncipe con toda pompa el 30 de julio de 1800.

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