Diálogo perpetuo: De Canción de Rachel a La Bella del Alhambra

Miguel Barnet era ya un escritor consagrado cuando escribió a finales de la década del sesenta su novela Canción de Rachel. Con ella se acercaba una vez más a las discutidas márgenes entre el testimonio y la ficción, que había probado con anterioridad en Biografía de un Cimarrón. A pesar de ser éste el libro señalado por la mayoría como el más completo dentro de la obra del escritor a la hora de entablar disquisiciones críticas, la noveleta Canción…continúa siendo la preferida de muchos.

A cuarenta años de su publicación en Cuba por la Colección Cocuyo del Instituto Cubano del Libro, Rachel y su novela coinciden en la nostalgia de sus lectores tras cuatro décadas de presencia inalterable. Según propone el propio autor en las primeras páginas del libro lo que se leerá no es totalmente ficción, ni historia inventada, sólo un poco de ambas: tal y como ella me lo contó y tal como yo luego se lo conté a ella.

Más allá de este subtítulo, una historia de mujer, y como fondo La Habana de la República. Canción… toma como modelo las confesiones de una corista del desaparecido teatro Alhambra, que a través del diálogo con Barnet desnuda partes de su vida privada. La virtud de esta novela radica precisamente en el testimonio coral, que pasa a través de múltiples voces, para hacernos creer que estamos ante una gran imagen de la protagonista Rachel. Justo cuando la experiencia dicta que la ficción es un hecho simulado, nos asalta la certidumbre que leemos un trabajo recaudado de fuentes reales. Rachel dictó al autor su vida, y éste a su vez la traspasó a la literatura. Terminó convirtiendo en materia poética una vida que observada a través de un prisma objetivo, revela la ausencia de poesía.

Canción…comienza con un presagio, dice Rachel: "la tierra, como los seres humanos, tiene su destino"; y concluye: "vivir, lo que se llama vivir, eso sí. Yo no estoy preparada para la muerte". Justo esa imagen desoladora asalta al espectador de La Bella del Alhambra, la adaptación cinematográfica que hiciera en 1989 Enrique Pineda Barnet de la novela de su primo Miguel.

En el camino recorrido por Beatriz Valdés -quien encarna a Rachel- para llegar a convertirse en una famosa vedette, los fotogramas finales de la película muestran su éxito. Ha perdido el amor, el talento y la fama por una pasión que destruyó su carrera. Pocos filmes musicales arriesgan sus minutos finales, pero el del La Bella…lo salva, lo inmortaliza.

Musical con tintes de melodrama, el esplendor de esta película radica precisamente en la pasión desbordante y en el culto que le rinde a su fuente literaria. La una y la otra, tanto juntas como independientes dialogan. Se complementan.

Desde su estreno, el filme recibió la siempre difícil aprobación del público y la crítica. Fue un éxito del cine cubano que recorrió gran parte del mundo, lo que indudablemente ayudó a que comenzara desde temprano a ser calificada como un clásico. No por gusto ha sido elegida por todas las encuestas como una de las mejores cintas latinoamericanas de todos lo tiempos.

A la altura de este siglo, Canción para Rachel cumple cuatro décadas y La Bella del Alhambra alcanza ya sus veinte años. Ambas, ya son futuro en la historia del arte y la cultura cubana. Hablar de ellas nunca estará de más. La impronta de sus huellas no escasea en el recuerdo popular, todo lo contrario, en él aletea la razón por el respeto y justo jubileo por su existencia. (Alcides Rafael Pereda Ochoa / Tomado de Esquife).


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