Cómoda conversación con un cineasta incómodo

Por María Antonia Borroto / Tomado del Portal de la Cultura de Camagüey

Una buena entrevista es una buena conversación. Dicho así parece una simplicidad, casi como si se le restaran méritos a la que parece ser la principal herramienta de todo periodista. Conversar suele ser, sin embargo, algo escurridizo, un ir y venir en busca del equilibrio, ese que permite el sutil intercambio de roles y la participación de ambos contendientes en el diálogo. Y digo contendientes con total seguridad, pues la charla tiene, las más de las veces, mucho de duelo. El touché, en este caso, tiene que ver con el instante en que el otro parece quedar sin respuesta posible.

Tal variante no corresponde a la buena conversación, la que, como un remanso, seda y fortifica; o la que cae a saltos como una cascada impetuosa y permite que cada persona se sienta parte de lo que dice, hasta el punto de sentir que le va la vida en la plática. Las relaciones entre ambas nunca serán como las del ser y su reflejo. Es mejor pensarlas como un juego de espejos, hasta el punto que sí, hipotéticamente, situáramos el asunto de la plática frente a dos espejos ubicados uno frente al otro, podríamos ver un curioso juego de imágenes que se repiten, amplifican y distorsionan casi hasta el infinito.

Dichosa la entrevista que logra para sí semejante suerte. La que logra el rapport, palabra preciosa que enseñan en la Universidad y que depende, en su realidad más palmaria, la de la gracia o ángel, y no del mero intelecto; el rapport o empatía que sitúa a entrevistado y entrevistador en un plano muy cercano, casi íntimo, hasta el punto de propiciar la confidencia o la reflexión que a ambos ilumina.

Porque la entrevista no depende solo del entrevistado, como se suele suponer en una visión muy simplificadora al respecto, sino de ambos, de esa interrelación, dialéctica y sutil, que funciona como el amor. Puede hablarse hasta de una química de la entrevista, de un suave devenir que hace del momento un círculo mágico.

Así se me antoja el proceso en Conversaciones con un cineasta incómodo (Centro Juan Marinello, Ciudad de La Habana, 2004) de Víctor Fowler, libro que desde su propio título ratifica la esencia eminentemente amistosa de su contenido. Se siente el sabor de la conversación. La transcripción de los diálogos permite sentir hablar a Julio García Espinosa. En realidad, y de ello pueden dar fe quienes se han aventurado por las dificultades e ingratitudes del género, la entrevista que "suena" así, o lo que es igual, la entrevista que parece más "natural" es casi siempre la más trabajada.

Pocas transcripciones, por perfecto que haya sido el diálogo, se dejan leer sin al menos unos cuantos retoques: sutilezas que diferencian el lenguaje hablado del escrito. Ello no significa, o no en este caso, que se resienta el estilo de la conversación. Las preguntas fluyen naturales, tanto como las propias respuestas. Es, sencillamente, una charla. Mas no cualquier charla, como cabía esperar del entrevistado y su entrevistador. Asistimos a una variante de las llamadas historias de vida. Y más que eso, pues la vida del entrevistado está indisolublemente unida a la del cine cubano. El entrecruzamiento de ambas, hasta el extremo que desde una se ilumina la otra, es el mayor aporte del libro.

La infancia y la juventud de Julio, sus primeras inquietudes artísticas -sí, uno de los más experimentados directores de cine en Cuba, fundador del Nuevo Cine Latinoamericano y del ICAIC, comenzó haciendo teatro vernáculo- y la estancia en la mítica Roma de Cinecittá y de Zavatiyini, son los primeros momentos. Subyace toda una lección acerca de la dialéctica entre la continuidad y la ruptura en la evolución del arte, de la ausencia de poses del entrevistado y de las hondas raíces populares de su cine.

Continúa la saga con la evolución de sus concepciones a propósito del cine y, como era de suponer, con su análisis, desde la distancia permitida por los años, de sucesos que mucho dieron de que hablar en su momento. Es el caso, por ejemplo, de PM y de Alicia en el pueblo de las Maravillas. Pero es sobre todo la constatación de que, en los sesenta, "el mundo se convirtió en un mundo joven. Por todas partes se comprobaba que la vida podía ser transformable, que la vida podía ser otra. Que las costumbres se renovaban en la medida en que se renovaba el mundo. Que el arte vibraba junto a la vida. Y que nosotros, los cineastas de América Latina y el Caribe no estábamos a la zaga, que también éramos parte de ese movimiento renovador. Y todavía hoy, a pesar de estos siniestros años de fin de siglo, lo bueno que permanece en el mundo, se le debe a esos fabulosos años sesenta".

El libro permite la aproximación a los métodos de trabajo del cineasta, para quien, por ejemplo, el término "cine imperfecto" tiene muchas connotaciones. "Una de ellas es justamente no seguir un camino que me lleve a una perfección de la opción dramatúrgica al uso, es decir, que siga la manera tradicional de ver el cine. De alguna manera hay que cuestionar el cine, y creo que uno, en tanto que cineasta, tiene la obligación de hacer una propuesta de cómo ver el cine (...) Lo que yo propuse fue una manera distinta de ver el cine, que era una manera también distinta de ver la realidad. ¿Qué negaba yo? Yo negaba la herencia de los géneros populares que han gestado y desarrollado fundamentalmente los norteamericanos, al mismo tiempo que sentí la necesidad de referirme y apoyarme en ellos, porque han sido géneros de grandes vasos comunicantes con el espectador". Se explican así las proyecciones de Juan Quinquín, más que un héroe, un aventurero. "Por otra parte veía que en la realidad estábamos rescatando una cosa tan bonita como la aventura y cómo ser aventurero".

El libro constituye una lección, o muchas lecciones de cine, a la vez que una clase de Historia contada desde la perspectiva personal: historia que permite entender la Historia, que la complementa y amplifica. Que permite entender el gusto por el riesgo de Julio -"el arte es riesgo, porque no hay fórmula que te garantice hacer arte"-, sus opiniones sobre la relación entre la llamada alta cultura y la cultura popular, el sueño que aún es la Escuela Internacional de Cine, sus proyectos inconclusos, y otros muchos aspectos que harían muy larga esta reseña.

Una cronología de Julio, su filmografía, bibliografía y guiones publicados completan el libro, resumen de todo cuanto ha sido dicho antes, pues este volumen tiene la rara virtud de impregnar la letra de ese aliento que es propio de las buenas conversaciones.


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